¡Soñar es gratis!

El sueño dorado de un traductor/intérprete

Érase una vez un traductor que, nada más terminar sus estudios de Traducción e Interpretación, soñaba con montar algún día su propia agencia de traducciones.

agencia de traducciones Heijkoop & Fernández

Como os habréis podido imaginar, ese traductor e intérprete soy yo, jajaja.

Pues bien, en su día era muy soñador y tenía infinitas ideas que quería realizar paso a paso. Me entretenía durante horas y horas pensando en cómo realizar este sueño. Me puse en contacto con un traductor español domiciliado en Ámsterdam con el fin de que fuera mi mentor, pero no tuvo la amabilidad de contestarme la carta que le envié. Esta fue una de las muchas desilusiones que me llevé. En aquellos tiempos tenías que descubrir el mundillo de la traducción por ti mismo, sin ayudas ni ejemplos a seguir. Hoy día, con Internet y las redes sociales, es menos complicado contactar con otros profesionales de la traducción.

Una vez que hubiera adquirido más experiencia en esta maravillosa profesión de traductor/intérprete, tendría que ser posible montar mi propia agencia de traducciones.

En 1995 me presenté en el Juzgado de Ámsterdam para prestar juramento o promesa y convertirme en traductor jurado. Tras este acto, que no duró más que unos pocos minutos, regresé a casa muy orgulloso de este pequeño (gran) logro.

Otro paso fue darme de alta como autónomo. Poco a poco fui adquiriendo el material y los recursos necesarios para poder empezar a trabajar desde casa. Después me hice miembro de la Asociación neerlandesa de Traductores e Intérpretes (NGTV, por sus siglas en neerlandés).

Mis primeros clientes como traductor autónomo los conseguí anunciándome en las páginas amarillas de los Países Bajos. Las primeras traducciones las realicé con mucho entusiasmo utilizando una máquina de escribir y enviándoselas por fax a los clientes. ¡Increíble, pero cierto! ¡Qué tiempos aquellos!

Seguro que pensaréis que debo tener más años que Matusalén, jajaja. Bueno, he nacido en el siglo pasado, pero no pertenezco a la llamada ‹‹generación Y›› ni soy milénico. Es decir, ¡soy simplemente un carroza!

Aparte de trabajar como traductor freelance también tenía un empleo fijo. Esto ya lo comenté en una entrada anterior. El no estar disponible durante el día suponía un problema que tenía que resolver. Había que coger el toro por los cuernos y encontrar una solución al problema. Atraer nuevos clientes no era, ni es, una tarea fácil y los clientes potenciales que buscan un traductor no quieren esperar horas. Cuando te llaman por teléfono, quieren respuesta inmediata. Las traducciones que te puedan encargar, siempre corren mucha prisa. Si no coges la llamada, llaman al siguiente traductor de la lista y no volverán a ponerse en contacto contigo a menos que te hayan recomendado antiguos clientes satisfechos.

¡A saberse cuántos clientes me habré perdido durante todos estos años por no poder contestar nunca el teléfono!

Sin desanimarme, pero aprendiendo a base de golpes, fui buscando salidas a cualquier problema que surgiera y me planteé crear un sitio Web junto con una compañera de faenas. Ella sí estaba disponible en horas de oficina, así que el problema de las llamadas se habría resuelto poniendo su número de teléfono como contacto en la web.

Pocos años antes se había anunciado públicamente la World Wide Web que todos conocemos por el nombre de Internet. Las posibilidades eran infinitas y me parecía haber encontrado la gallina de los huevos de oro.

El dominio, las ideas y el diseño del sitio web fueron cogiendo forma y tras redactar todo el contenido en tres idiomas (español, francés y neerlandés), registré el negocio en la Cámara de Comercio de Ámsterdam y lanzamos la web. Lo realicé con un sobrino que tenía suficientes conocimientos de informática. Para dar a conocer la página me puse en contacto con administradores de web para proponer el intercambio de enlaces. ¡Así fue!

Años más tarde, me especialicé en traducción jurídica y judicial y terminé especializado en asuntos penales. Me registré como traductor jurídico en la Asociación de Traductores e Intérpretes judiciales (SIGV, por sus siglas en neerlandés) y muy motivado me matriculé también en el curso de especialización para llegar a ser Intérprete Judicial. Me gustaba tanto traducir como interpretar. No todos los traductores son intérpretes y viceversa, pero yo sí.

En el examen oral final me quedé con la mente en blanco tras haber estado interpretando bastante bien durante unos 15 minutos, que me parecieron eternos. El miedo al fracaso pudo finalmente conmigo. No me presenté al examen de recuperación ni volví a intentarlo. Me convencí a mí mismo de que no valía para interpretar en juzgados y tribunales.

Unos meses después, cuando me acerqué al juzgado para ponerle unas apostillas en la traducción que me encargó un cliente, me crucé con una intérprete judicial que estaba a punto de entrar en una de las salas para interpretar en un juicio. Me dijo:

  • Hola René, ¡qué sorpresa encontrarte por aquí! ¿Qué tal estás? ¿Te volviste a presentar al examen?
  • ¡Hola Bibi! ¡No, qué va! He descubierto mis límites y he aceptado no dar la talla como intérprete judicial.

Se puso muy seria y le cambió la expresión de la cara…

  • Si alguien posee las cualidades para llegar a ser un buen intérprete judicial… eres tú. ¡Eres mejor intérprete de lo que piensas! Además eres bilingüe. Ella no sabía que era trilingüe, jajaja. Y menos mal que por las prisas que llevaba me salvé de un buen sermón, jejeje.

A pesar de sus palabras alentadoras, nunca más volví a probar suerte. Me di por vencido y me convencí a mí mismo de que era suficiente ser traductor jurado, jurídico, judicial e intérprete consecutivo.

El sueño anhelado de la agencia de traducciones se truncó, pero no pasa nada… Mi vida no depende de ello y, ya que soñar es gratis, hoy sueño con tener éxito como traductor autónomo.

¡De mayor quiero ser traductor!

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